Segunda Confesión Helvética · Enrique Bullinger

De la Iglesia de Dios, católica y santa, y de su única Cabeza

Puesto que Dios quiso desde el principio que los hombres fuesen salvos y viniesen al conocimiento de la verdad, es necesario que siempre haya habido, que ahora haya y que hasta el fin del siglo haya de haber una Iglesia, es decir, una congregación de fieles llamada o reunida del mundo; una comunión, digo, de todos los santos, esto es, de aquellos que verdaderamente conocen y rectamente adoran al Dios verdadero, en Cristo el Salvador, por la palabra y el Espíritu Santo, y que finalmente participan por la fe de todos los bienes ofrecidos gratuitamente por Cristo. Todos ellos son ciudadanos de una misma ciudad, que viven bajo el mismo Señor, bajo las mismas leyes, en la misma participación de todos los bienes. Pues así los llamó el Apóstol «conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2:19), llamando santos a los fieles que están en la tierra, santificados por la sangre del Hijo de Dios (1 Co 6:11). De ellos ha de entenderse por completo el artículo del Símbolo: Creo la santa Iglesia católica, la comunión de los santos.

Y como siempre hay un solo Dios, un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesús el Mesías, un solo pastor de todo el rebaño, una sola cabeza de este cuerpo, un solo Espíritu, una sola salvación, una sola fe, un solo testamento o pacto, se sigue necesariamente que no hay sino una sola Iglesia; la cual llamamos católica por ser universal y estar difundida por todas las partes del mundo y extenderse a todos los tiempos, sin quedar encerrada en lugares ni en épocas. Condenamos, pues, a los donatistas, que reducían la Iglesia a no sé qué rincones de África. Ni aprobamos al clero romano, que presenta como católica casi solo a la Iglesia romana.

La Iglesia se divide ciertamente en partes o especies diversas, no porque esté dividida o desgarrada en sí misma, sino porque se distingue por la diversidad de los miembros que hay en ella. Pues unos hacen una Iglesia militante y otra triunfante. Aquella todavía milita en la tierra, y combate con la carne, con el mundo y con el príncipe de este mundo, el diablo, con el pecado y la muerte. Esta, ya libre del combate, triunfa en el cielo de todos estos enemigos vencidos y se regocija delante del Señor; no obstante, ambas tienen entre sí comunión o unión.

Y la Iglesia militante en la tierra siempre ha tenido muchísimas iglesias particulares, las cuales sin embargo se refieren todas a la unidad de la Iglesia católica. Esta fue instituida de una manera antes de la ley entre los patriarcas, de otra bajo Moisés por la ley, y de otra por Cristo mediante el Evangelio. Comúnmente se cuentan casi dos pueblos, a saber, el de los israelitas y el de los gentiles, o el de los que de entre judíos y gentiles fueron reunidos en la Iglesia; y dos testamentos, el antiguo y el nuevo. Sin embargo, de todos estos pueblos hubo y hay una sola sociedad, una sola salvación en un solo Mesías, en quien, como miembros de un solo cuerpo, todos se unen bajo una sola cabeza, en la misma fe, participando también del mismo alimento y bebida espiritual. Reconocemos, no obstante, que hubo tiempos diversos y diversos signos del Mesías prometido y presentado; y que, abolidas las ceremonias, nos alumbra una luz más clara, se nos conceden dones más abundantes y la libertad es más plena.

Esta santa Iglesia de Dios se llama casa del Dios viviente, edificada con piedras vivas y espirituales, y asentada sobre una roca inconmovible, sobre un fundamento fuera del cual no se puede poner otro; y por eso se llama también columna y baluarte de la verdad (1 Ti 3:15). No yerra mientras se apoya en la roca, que es Cristo, y en el fundamento de los profetas y de los apóstoles. Y no es de extrañar que yerre cuantas veces abandona a aquel que es la única verdad. La Iglesia se llama también virgen y esposa de Cristo, y ciertamente única y amada. Pues dice el Apóstol: «Os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo» (2 Co 11:2). Se llama a la Iglesia rebaño de ovejas bajo un solo pastor, Cristo, y esto en Ezequiel, cap. 34, y en Juan, cap. 10. Se llama también cuerpo de Cristo, porque los fieles son miembros vivos de Cristo, bajo la cabeza, que es Cristo.

La cabeza es lo que tiene la preeminencia en el cuerpo, y de donde el cuerpo toma la vida, por cuyo espíritu es regido en todo, y de donde también recibe crecimiento para crecer. Y la cabeza del cuerpo es única, y guarda conformidad con el cuerpo. Por tanto, la Iglesia no puede tener otra cabeza que Cristo. Pues como la Iglesia es un cuerpo espiritual, así es necesario que tenga una cabeza espiritual conforme a ella. Ni puede ser regida por otro espíritu que el de Cristo. También Pablo dice: «Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia» (Col 1:18). Y de nuevo el mismo dice: «Cristo es la cabeza de la iglesia, y él es su Salvador» (Ef 5:23). Y otra vez: «Que es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo» (Ef 1:22, 23). Asimismo: «Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado, recibe el crecimiento» (Ef 4:15, 16).

No aprobamos, pues, la doctrina del clero romano, que hace de su Pontífice romano el pastor universal y cabeza suprema de la Iglesia católica militante en la tierra, y aun el verdadero vicario de Cristo, que tendría en la Iglesia la plenitud, como la llaman, de potestad y el dominio supremo.

Pues enseñamos que Cristo el Señor es y permanece el único pastor universal, y también el sumo Pontífice ante Dios el Padre, y que en la Iglesia él mismo cumple todas las funciones de pontífice o pastor hasta el fin del siglo, y por eso no necesita ningún vicario, que es cosa propia del ausente. Cristo, en cambio, está presente en la Iglesia y es su cabeza vivificante. Él prohibió severísimamente a sus apóstoles y a los sucesores de los apóstoles el primado y el dominio en la Iglesia. Así pues, a quienes, contradiciendo esta ilustre verdad, se resisten y introducen en la Iglesia de Cristo un gobierno diferente, ¿quién no ve que han de ser contados más bien entre aquellos de quienes profetizan los apóstoles de Cristo, Pedro (2 P 2), y Pablo (Hch 20; 2 Co 11; 2 Ts 2), y también en otros lugares?

Pero al quitar la cabeza romana no introducimos en la Iglesia de Cristo ninguna ataxía, es decir, desorden o perturbación: pues enseñamos que el gobierno de la Iglesia, transmitido por los apóstoles, nos basta para mantener en justo orden a la Iglesia, la cual desde el principio, cuando carecía de una cabeza romana como esa que hoy se dice que conserva en orden a la Iglesia, no fue desordenada ni carente de orden. La cabeza romana conserva, ciertamente, su tiranía y la corrupción introducida en la Iglesia; pero entre tanto impide, combate y, con cuantas fuerzas puede, corta de raíz la justa reforma de la Iglesia.

Se nos objeta que hay en nuestras iglesias diversos conflictos y disensiones desde que se separaron de la Iglesia romana, y que por tanto no son iglesias verdaderas. Como si nunca hubiera habido en la Iglesia romana sectas, ni disensiones ni conflictos, y aun sobre la religión, suscitados no tanto en las escuelas como en las cátedras sagradas, en medio del pueblo. Reconocemos, sin duda, que el Apóstol dijo: «Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Co 14:33). Y: «Pues habiendo celos y contiendas entre vosotros, ¿no sois carnales?» (1 Co 3:3). No puede negarse, sin embargo, que Dios estuvo en la Iglesia apostólica, y que la Iglesia apostólica fue una Iglesia verdadera, en la cual, no obstante, hubo rivalidades y disensiones. Pues el apóstol Pablo reprende al apóstol Pedro, y Bernabé disiente de Pablo (Gá 2). Surge una grave contienda en la Iglesia de Antioquía entre los que predicaban a un mismo Cristo, como recuerda Lucas en los Hechos de los Apóstoles, cap. 15. Siempre hubo graves contiendas en la Iglesia, y los más esclarecidos doctores de la iglesia discreparon entre sí en asuntos nada leves, sin que por estas contiendas la Iglesia dejara de ser lo que era. Pues así le place a Dios servirse de las disensiones eclesiásticas, para gloria de su nombre, para esclarecer la verdad y para que los que son aprobados se hagan manifiestos.

Por lo demás, así como no reconocemos otra cabeza de la Iglesia que Cristo, así tampoco reconocemos como Iglesia verdadera a cualquier iglesia que se presente como verdadera; sino que enseñamos que es Iglesia verdadera aquella en la cual se hallan las señales o notas de la Iglesia verdadera, sobre todo la predicación legítima o sincera de la Palabra de Dios, tal como nos ha sido transmitida en los libros de los Profetas y de los Apóstoles, que nos conducen todos a Cristo, el cual dijo en el Evangelio: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna. Mas al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10:4, 5, 27, 28).

Y los que son tales en la Iglesia tienen una sola fe, un solo espíritu, y por eso adoran a un solo Dios, solo a él sirven en espíritu y en verdad, solo a él aman con todo el corazón y con todas sus fuerzas, solo a él invocan por medio de Cristo, mediador e intercesor único; fuera de Cristo y de la fe en él no buscan justicia ni vida alguna; porque reconocen a Cristo solo como cabeza y fundamento de la Iglesia, y edificados sobre él se reparan cada día con el arrepentimiento, llevan con paciencia la cruz que se les ha impuesto, y unidos además con amor no fingido a todos los miembros de Cristo, se declaran con esto discípulos de Cristo, perseverando en el vínculo de la paz y de la santa unidad; a la vez participan de los sacramentos instituidos por Cristo y transmitidos por los apóstoles, y no los usan de otro modo que como los recibieron del Señor. Pues a todos es conocida aquella palabra del Apóstol: «Yo recibí del Señor lo que también os he enseñado» (1 Co 11:23). Por tanto, condenamos como ajenas a la verdadera Iglesia de Cristo aquellas iglesias que no son como hemos oído que deben ser, por más que entre tanto se jacten de la sucesión de los obispos, de la unidad y de la antigüedad. Más aún, los apóstoles nos mandan que huyamos de la idolatría y de Babilonia, y que no participemos con ella, a menos que queramos ser también partícipes de las plagas de Dios (1 Co 10:14, 21; 1 Jn 5:21; Ap 18:4; 1 Co 6:9).

Estimamos en tanto la comunión con la verdadera Iglesia de Cristo, que negamos que puedan vivir delante de Dios los que no comulgan con la verdadera Iglesia de Dios, sino que se separan de ella. Pues así como fuera del arca de Noé no había salvación alguna, perecendo el mundo en el diluvio, así creemos que fuera de Cristo, que se ofrece para ser disfrutado por los elegidos en la Iglesia, no hay salvación cierta; y por eso enseñamos que los que quieren vivir no deben separarse de la verdadera Iglesia de Cristo.

Sin embargo, con las señales mencionadas no encerramos la Iglesia tan estrechamente como para enseñar que están fuera de la Iglesia todos aquellos que no participan de los sacramentos, no por cierto queriendo ni por desprecio, sino obligados más bien por una necesidad inevitable, y se abstienen de ellos contra su voluntad o carecen de ellos; o aquellos en quienes a veces falla la fe, aunque no se extingue del todo ni cesa por completo; o aquellos en quienes se hallan defectos de flaqueza y errores. Sabemos, en efecto, que Dios tuvo algunos amigos en el mundo fuera de la república de Israel. Sabemos lo que le sucedió al pueblo de Dios en el cautiverio de Babilonia, en el cual carecieron de sus sacrificios durante setenta años; sabemos lo que le sucedió a san Pedro, que negó a su Señor, y lo que suele suceder cada día a los elegidos fieles de Dios, que yerran y son débiles. Sabemos además cómo eran en tiempos de los apóstoles las iglesias de los gálatas y de los corintios, en las cuales el Apóstol acusa muchos y graves delitos, y sin embargo las llama santas iglesias de Cristo.

Más aún, sucede a veces que Dios, en justo juicio, permite que la verdad de su palabra, la fe católica y el culto legítimo de Dios se oscurezcan y se trastornen de tal modo que parezcan casi extinguidos y que ya no quede Iglesia alguna: como vemos que sucedió en tiempo de Elías y en otros tiempos. Entre tanto, Dios tiene en este mundo y en estas tinieblas a aquellos sus verdaderos adoradores, y no pocos, sino siete mil y más (1 R 19:18; Ap 7:4, 9). Pues también el Apóstol exclama: «Firme está el fundamento de Dios, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos», etc. (2 Ti 2:19). Por lo cual la Iglesia puede llamarse también invisible, no porque sean invisibles los hombres de quienes se compone la Iglesia, sino porque, oculta a nuestros ojos y conocida solo por Dios, escapa muchas veces al juicio humano.

A su vez, no todos los que se cuentan en la Iglesia son santos y miembros vivos y verdaderos de la Iglesia. Pues hay muchos hipócritas que por fuera oyen la Palabra de Dios y reciben públicamente los sacramentos, y parecen invocar a Dios solo por medio de Cristo, confesar a Cristo, tener por única su justicia, adorar a Dios y ejercer los deberes de la caridad, y perseverar por algún tiempo con paciencia en las calamidades; pero por dentro carecen de la verdadera iluminación del Espíritu, de la fe, de la sinceridad del ánimo y de la perseverancia final. Y a la postre casi siempre se descubre cómo son. Pues el apóstol Juan dice: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros» (1 Jn 2:19). Y sin embargo, mientras estos simulan piedad, aunque no son de la Iglesia, se cuentan en la Iglesia: como los traidores en una república, antes de ser descubiertos, se cuentan también ellos entre los ciudadanos; y como se hallan la cizaña y la paja en el trigo, o como se hallan escrófulas y tumores en un cuerpo sano, siendo en realidad enfermedades y deformidades del cuerpo más que miembros verdaderos. Por eso la Iglesia de Dios se compara con razón a una red barredera, que recoge peces de toda clase, y a un campo en el que se hallan la cizaña y el trigo. En lo cual hay que tener sumo cuidado de no juzgar antes de tiempo, ni intentar excluir, desechar o cortar a aquellos a quienes el Señor no quiere que se excluya o deseche, o a quienes no podemos separar sin daño de la Iglesia. Por otra parte, hay que vigilar para que, mientras los piadosos duermen, los impíos no progresen y causen daño a la Iglesia (Mt 13:25).

Enseñamos además que se ha de observar con diligencia en qué consiste principalmente la verdad y la unidad de la Iglesia, para no suscitar temerariamente cismas ni fomentarlos en la Iglesia. Consiste no en las ceremonias y ritos externos, sino más bien en la verdad y la unidad de la fe católica. La fe católica no nos ha sido transmitida por leyes humanas, sino por la Escritura divina, cuyo compendio es el Símbolo Apostólico. De ahí que leamos que entre los antiguos hubo gran diversidad de ritos, pero libre, y que nadie pensó jamás que por ella se disolviera la unidad eclesiástica. Decimos, pues, que la verdadera concordia de la Iglesia consiste en los dogmas, en la predicación verdadera y concorde del Evangelio de Cristo, y en los ritos expresamente transmitidos por el Señor; y aquí urgimos sobre todo aquella sentencia del Apóstol: «Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa» (Fil 3:15, 16).

Enrique Bullinger, 1566 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto latino de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.