Segunda Confesión Helvética · Enrique Bullinger

De los ministros de la Iglesia, su institución y sus oficios

Para reunir o establecer una Iglesia para sí, y para gobernarla y conservarla, Dios se ha servido siempre de ministros, y se sirve de ellos todavía y se servirá mientras haya Iglesia en la tierra. Así pues, el origen, la institución y la función de los ministros son antiquísimos y del mismo Dios; no son una ordenación nueva ni de los hombres. Ciertamente Dios podría con su poder unirse de modo inmediato una Iglesia de entre los hombres, pero prefirió tratar con los hombres por medio del ministerio de los hombres. Por tanto, los ministros deben considerarse no sólo como ministros en sí mismos, sino como ministros de Dios, pues por medio de ellos Dios obra la salvación de los hombres. Por eso advertimos que hay que cuidarse de atribuir lo que pertenece a nuestra conversión y a nuestra instrucción a la virtud oculta del Espíritu Santo de tal modo que se anule el ministerio eclesiástico. Porque conviene que recordemos siempre las palabras del Apóstol: «¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro 10:14, 17). Y lo que dijo el Señor en el Evangelio: «De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Jn 13:20). Y lo que el varón macedonio, apareciéndose en visión a Pablo cuando estaba en Asia, le advirtió diciendo: «Pasa a Macedonia y ayúdanos» (Hch 16:9). En otro lugar, en efecto, el mismo Apóstol dijo: «Nosotros somos colaboradores de Dios; vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios» (1 Co 3:9).

Pero, a su vez, hay que cuidarse también de atribuir demasiado a los ministros y al ministerio, recordando aquí igualmente las palabras del Señor en el Evangelio: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Jn 6:44), y las palabras del Apóstol: «¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos, sino servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor? Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Co 3:5-7). Creamos, pues, que Dios nos enseña por su Palabra exteriormente, por medio de sus ministros, y que interiormente mueve a la fe el corazón de sus elegidos por el Espíritu Santo; y que por eso toda la gloria de este beneficio debe referirse a Dios. Pero sobre este asunto ya se habló también en el capítulo primero de esta exposición.

Desde el principio del mundo Dios se ha servido de los hombres más eminentes del mundo (muchos de ellos sencillos en la sabiduría o filosofía del mundo, pero excelentísimos en la verdadera teología), es decir, de los patriarcas, con quienes habló no pocas veces por medio de ángeles. Los patriarcas fueron, en efecto, los profetas o maestros de su tiempo, a quienes Dios quiso que vivieran por varios siglos, para que fueran como padres y luces del mundo. Les siguió Moisés con los profetas, celebérrimos en todo el mundo.

Más aún, después de ellos el Padre celestial envió a su Hijo unigénito, maestro perfectísimo del mundo, en quien está escondida aquella sabiduría divina, y que nos ha sido comunicada por medio de una doctrina sacratísima, sencillísima y perfectísima entre todas. Él, en efecto, escogió para sí discípulos, a los que hizo apóstoles. Estos, saliendo por todo el mundo, reunieron por todas partes iglesias mediante la predicación del Evangelio, y luego, por mandato de Cristo, establecieron pastores y maestros en todas las iglesias del mundo, por cuyos sucesores ha enseñado y gobernado hasta ahora a la Iglesia. Así, pues, como Dios dio al pueblo antiguo los patriarcas junto con Moisés y los profetas, así al pueblo del nuevo pacto envió a su Hijo unigénito junto con los apóstoles y los maestros de la Iglesia.

Además, los ministros del nuevo pueblo reciben diversos nombres. Se les llama, en efecto, apóstoles, profetas, evangelistas, obispos, presbíteros, pastores y maestros (1 Co 12:28; Ef 4:11). Los apóstoles no permanecían en ningún lugar fijo, sino que reunían diversas iglesias por el mundo. Una vez que estas estuvieron constituidas, dejaron de ser apóstoles, y en cada iglesia ocuparon su lugar los pastores. Los profetas eran antiguamente videntes que conocían de antemano lo por venir, pero también interpretaban las Escrituras, y de esos se encuentran todavía hoy. Se llamaba evangelistas a los escritores de la historia evangélica, pero también a los pregoneros del Evangelio de Cristo; así también Pablo manda a Timoteo que cumpla la obra de evangelista. Los obispos son los inspectores y vigilantes de la Iglesia, que administran el sustento y lo necesario de la iglesia. Los presbíteros son los ancianos y como los senadores y padres de la Iglesia, que la gobiernan con saludable consejo. Los pastores guardan el redil del Señor y le proveen de lo necesario. Los maestros instruyen y enseñan la verdadera fe y la piedad. En adelante, pues, será lícito llamar a los ministros de las iglesias obispos, presbíteros, pastores y maestros.

En los tiempos siguientes se introdujeron en la Iglesia de Dios muchos más nombres de ministros. Unos fueron ordenados patriarcas, otros arzobispos, otros sufragáneos, así como metropolitanos, arcipreste, y también diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, cantores, porteros, y no sé cuántos otros, como cardenales, prepósitos y priores, padres menores y mayores, órdenes mayores y menores. Pero de todos estos no nos preocupamos nosotros por saber cómo fueron antaño o cómo son ahora. Nos basta la doctrina apostólica acerca de los ministros.

Sabiendo, pues, con certeza que los monjes y las órdenes o sectas de monjes no han sido instituidos ni por Cristo ni por los apóstoles, enseñamos que no son de ninguna utilidad para la Iglesia de Dios, sino antes bien perniciosos. Porque, aunque en otro tiempo fueron tolerables (cuando eran solitarios, se ganaban el sustento con sus manos, no eran carga para nadie y obedecían en todas partes a los pastores de las iglesias como laicos), sin embargo ahora todo el mundo ve y experimenta cómo son. Alegan no sé qué votos y viven una vida totalmente contraria a sus votos, de modo que los mejores de ellos merecen ser contados entre aquellos de quienes dijo el Apóstol: «Oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, sin hacer nada, sino entremetiéndose en lo ajeno». Tales no los tenemos nosotros en nuestras iglesias, ni enseñamos que deban tenerse en las iglesias de Cristo (2 Ts 3:11, 12).

Nadie debe usurpar para sí el honor del ministerio eclesiástico, es decir, arrebatarlo para sí con dádivas, con artificios cualesquiera o por su propio arbitrio. Que los ministros de la Iglesia sean llamados y elegidos por elección eclesiástica y legítima; esto es, que sean elegidos religiosamente por la Iglesia, o por quienes la Iglesia haya designado para ello, con orden debido y sin tumulto, sediciones ni contienda. Y que no se elija a cualquiera, sino a hombres idóneos, señalados por una erudición justa y sagrada, una elocuencia piadosa, una prudencia sencilla y, en fin, por la moderación y honestidad de su vida, conforme a la regla apostólica que el Apóstol establece en 1 Timoteo 3 y en Tito 1. Y los que han sido elegidos, que sean ordenados por los ancianos con oraciones públicas e imposición de manos. Condenamos aquí a todos los que corren por su propia cuenta sin haber sido elegidos, enviados u ordenados (Jer 23:32). Condenamos a los ministros ineptos y no instruidos en los dones necesarios al pastor.

Reconocemos entre tanto que la sencillez inofensiva de algunos pastores de la Iglesia antigua aprovechó a veces más a la iglesia que la erudición variada, refinada y delicada, pero algo más fastidiosa, de otros. Por eso tampoco hoy rechazamos la sencillez honrada de algunos, con tal que no sea del todo ignorante.

Los apóstoles de Cristo llaman ciertamente sacerdotes a todos los que creen en Cristo, pero no por razón del ministerio, sino porque, hechos todos los fieles reyes y sacerdotes por medio de Cristo, podemos ofrecer a Dios sacrificios espirituales (Éx 19:6; 1 P 2:9; Ap 1:6). Son, pues, cosas muy distintas entre sí el sacerdocio y el ministerio. Aquel es común a todos los cristianos, como acabamos de decir; este no. Y no hemos quitado de en medio el ministerio de la Iglesia al rechazar de la Iglesia de Cristo el sacerdocio papista.

En verdad, en el Nuevo Testamento de Cristo ya no existe un sacerdocio como el que hubo en el pueblo antiguo, que tenía unción externa, vestiduras sagradas y muchísimas ceremonias, las cuales fueron figuras de Cristo, quien, al venir y cumplir todas aquellas cosas, las abrogó. «Y él solo permanece sacerdote para siempre» (He 5:6); para no restarle nada, a ningún ministro comunicamos el nombre de sacerdote. Pues nuestro mismo Señor no ordenó en la Iglesia del Nuevo Testamento sacerdotes que, habiendo recibido potestad de un sufragáneo, ofrezcan cada día una víctima, es decir, la misma carne y la misma sangre del Señor, por los vivos y por los muertos, sino a quienes enseñen y administren los sacramentos. Pablo, en efecto, exponiendo de manera sencilla y breve lo que pensamos de los ministros del Nuevo Testamento o de la Iglesia cristiana, y lo que les atribuimos, dice: «Téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios» (1 Co 4:1). Quiere, pues, el Apóstol que sintamos de los ministros como de servidores. Y el Apóstol llamó «servidores» (ὑπηρέτας) a los remeros de las galeras, que miran sólo al timonel; es decir, a hombres que no viven para sí ni a su arbitrio, sino para otros, a saber, para sus señores, de cuyos mandatos dependen por completo. Porque al ministro de la Iglesia se le manda, en todos sus oficios, no complacerse en su propio arbitrio, sino ejecutar únicamente lo que tiene en mandato de su Señor. Y en este pasaje se expresa quién es el Señor: Cristo, a quien están sujetos los ministros en todos los asuntos del ministerio.

Añade además, para explicar más plenamente el ministerio, que los ministros de la Iglesia son mayordomos o administradores de los misterios de Dios. Pues bien, en muchos lugares, sobre todo en Efesios 3:3, Pablo llamó «misterios de Dios» al Evangelio de Cristo. La antigüedad llamó también «misterios» a los sacramentos de Cristo. Por eso los ministros de la Iglesia son llamados a esto: a anunciar el Evangelio de Cristo a los fieles y a administrar los sacramentos. En otro lugar leemos en el Evangelio «del siervo fiel y prudente, a quien el Señor puso sobre su familia para que a su debido tiempo le dé su alimento» (Lc 12:42). Y en otro lugar del Evangelio un hombre se va lejos, dejando su casa, y en ella da a sus siervos potestad o su hacienda, y a cada uno su obra (Mt 25:14 ss.).

Hablemos, pues, ahora oportunamente también de la potestad y del oficio de los ministros de la Iglesia. Algunos han disputado con demasiado empeño sobre esta potestad, y han sometido a su potestad todas las cosas supremas en la tierra, y ello contra el mandato del Señor, que prohibió a los suyos el dominio y recomendó sobremanera la humildad (Lc 22:25; Mt 18:1 ss.; 20:25). En realidad hay una potestad que es pura y absoluta, que se llama también «de derecho». Por esta potestad todas las cosas están sujetas a Cristo el Señor de todos, como él mismo testificó y dijo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mt 28:18). Y otra vez: «Yo soy el primero y el último; he aquí que vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves del infierno y de la muerte» (Ap 1:17, 18). Asimismo: «El que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre» (Ap 3:7).

El Señor se reserva esta potestad, y no la transfiere a nadie más, para quedarse él en adelante ocioso, contemplando a los ministros que obran. Porque Isaías dice: «Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro» (Is 22:22), y otra vez: «Y el principado sobre su hombro» (Is 9:6). Pues no echa el gobierno sobre los hombros de otros, sino que conserva y ejerce todavía su potestad, gobernando todas las cosas. Hay además otra potestad, la del oficio o ministerial, limitada por aquel que usa de plena potestad. Esta se parece más a un servicio que a un mando. Concede, en efecto, el Señor a su mayordomo potestad sobre su casa, y con este título le da también las llaves, con las que introduzca en la casa o excluya de ella a los que el Señor quiera que sean introducidos o excluidos. Conforme a esta potestad, el ministro hace por oficio lo que el Señor le ha mandado hacer; y el Señor ratifica lo que hace, y quiere que la obra de su ministro sea estimada y reconocida como suya propia.

A esto se refieren aquellas sentencias evangélicas: «Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16:19). Igualmente: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos» (Jn 20:23). Pero si el ministro no lo despachara todo como se lo ha mandado su Señor, sino que traspasara los límites de la fe, el Señor tiene sin duda por nulo lo que ha hecho. Por tanto, la potestad eclesiástica de los ministros de la Iglesia es aquella función por la que los ministros gobiernan ciertamente la Iglesia de Dios, pero hacen todo en la Iglesia según lo que el Señor prescribió en su Palabra; y cuando así se hace, los fieles lo tienen por hecho por el mismo Señor. Y de las llaves ya se ha dicho también algo antes.

A todos los ministros de la Iglesia se les ha dado una sola e igual potestad o función. Ciertamente, desde el principio los obispos o presbíteros gobernaron la Iglesia con obra común; ninguno se antepuso a otro ni usurpó para sí mayor potestad o dominio sobre sus coobispos. Acordándose, en efecto, de las palabras del Señor: «El que quiera ser el primero entre vosotros, sea vuestro siervo» (Lc 22:26), se mantuvieron en humildad y se ayudaron unos a otros con servicios mutuos en el gobierno y conservación de la Iglesia. Entre tanto, para guardar el orden, uno o alguno determinado de los ministros convocaba la asamblea, proponía en ella los asuntos que se habían de tratar, recogía asimismo los pareceres de los demás y, en fin, cuidaba, según sus fuerzas, de que no surgiera confusión alguna.

Así se lee que hizo en los Hechos de los Apóstoles san Pedro, el cual, sin embargo, no por ello fue puesto al frente de los demás ni estuvo dotado de mayor potestad que los otros. Con toda razón, pues, dice Cipriano, mártir, acerca de la sencillez de los clérigos: «Eso eran ciertamente también los demás apóstoles que fue Pedro, dotados de igual participación de honor y de potestad; pero el comienzo parte de la unidad, para que se muestre que la Iglesia es una». Refiere cosas no dispares san Jerónimo en su Comentario a la Epístola de Pablo a Tito, y dice: «Antes de que, por instigación del diablo, hubiera partidismos en la religión, las iglesias eran gobernadas por el consejo común de los presbíteros; pero después que cada uno consideraba suyos, y no de Cristo, a los que había bautizado, se decretó que uno de los presbíteros, elegido, fuera puesto sobre los demás, a quien perteneciera el cuidado de toda la iglesia, y así se quitaran las semillas de los cismas». Sin embargo, Jerónimo no presenta este decreto como divino. Pues en seguida añade: «Así como los presbíteros saben que, por la costumbre de la iglesia, están sujetos a quien se les ha puesto al frente, así sepan los obispos que son mayores que los presbíteros más por la costumbre que por la verdad de la disposición del Señor, y que deben regir la Iglesia en común». Hasta aquí él. Por eso nadie podrá con razón impedir que se vuelva a la antigua constitución de la Iglesia de Dios y que se la prefiera a la costumbre humana.

Los oficios de los ministros son varios, pero la mayoría los reduce a dos, en los que se comprenden todos los demás: la doctrina evangélica de Cristo y la legítima administración de los sacramentos. Porque es propio de los ministros congregar la santa asamblea, exponer en ella la Palabra de Dios y acomodar toda la doctrina a la condición y al provecho de la Iglesia, para que lo que se enseña aproveche a los oyentes y edifique a los fieles. Es propio de los ministros, digo, enseñar a los ignorantes; exhortar también y urgir a avanzar por el camino del Señor a los que se detienen o avanzan con más lentitud; consolar igualmente y fortalecer a los pusilánimes, y armarlos contra las diversas tentaciones de Satanás; reprender a los que pecan, hacer volver al camino a los que se extravían, levantar a los caídos, refutar a los que contradicen, y por último ahuyentar los lobos del redil del Señor; reprender también con prudencia y gravedad los delitos y a los delincuentes, sin disimular ni callar ante la complicidad en el crimen; pero también administrar los sacramentos, recomendar su recto uso y preparar a todos, mediante sana doctrina, para recibirlos; conservar asimismo a los fieles en la santa unidad y prohibir los cismas; catequizar, en fin, a los rudos, encomendar a la iglesia la necesidad de los pobres, visitar a los enfermos y a los afligidos por diversas tentaciones, instruirlos y mantenerlos en el camino de la vida; además, procurar las oraciones públicas o súplicas en tiempo de necesidad, junto con el ayuno, es decir, la abstinencia santa; y cuidar con la mayor diligencia de todo cuanto pertenece a la tranquilidad, la paz y la salvación de las iglesias.

Y para que el ministro pueda cumplir todo esto con más acierto y facilidad, se requiere de él, ante todo, que sea temeroso de Dios, que ore con asiduidad, que se dedique a la lectura sagrada, que vele en todas las cosas y siempre, y que resplandezca ante todos por la pureza de su vida.

Y puesto que en la Iglesia debe haber por completo disciplina, y entre los antiguos se usó en otro tiempo la excomunión, y hubo juicios eclesiásticos en el pueblo de Dios, en los que varones prudentes y piadosos ejercían esta disciplina, corresponderá también a los ministros, para edificación, moderar esta disciplina según la condición de los tiempos, el estado público y la necesidad. En lo cual debe mantenerse siempre la regla de que todo ha de hacerse para edificación, con decoro, honestamente, sin tiranía ni sedición. Pues el Apóstol testifica que le fue dada por Dios en la Iglesia la potestad «para edificación y no para destrucción» (2 Co 10:8). Porque el mismo Señor vedó arrancar la cizaña del campo del Señor cuando hay peligro de que se arranque también el trigo (Mt 13:29).

Por lo demás, execramos aquí el error de los donatistas, que estiman la eficacia o ineficacia de la doctrina y de la administración de los sacramentos por la mala o buena vida de los ministros. Sabemos, en efecto, que la voz de Cristo ha de ser oída aun de boca de los ministros malos, pues el mismo Señor dijo: «Lo que dicen, hacedlo; pero según sus obras no queráis hacer» (Mt 23:3). Sabemos que los sacramentos son santificados por la institución y por la Palabra de Cristo, y que son eficaces para los piadosos, aunque los ofrezcan ministros indignos. Sobre este asunto disputó largamente, con las Escrituras, contra los donatistas el bienaventurado siervo de Dios Agustín.

Con todo, debe haber entre los ministros una disciplina justa. Hay que inquirir diligentemente, en los sínodos, acerca de la doctrina y de la vida de los ministros. Los que pecan deben ser reprendidos por los ancianos y vueltos al camino si son sanables, o bien depuestos; y si son incurables, han de ser ahuyentados del rebaño del Señor por los verdaderos pastores, como lobos. Porque si son falsos maestros, de ningún modo han de ser tolerados. Y tampoco desaprobamos los concilios ecuménicos, si se celebran conforme al ejemplo apostólico, para la salvación de la Iglesia y no para su perdición.

Todos los ministros fieles, como buenos obreros, son dignos de su salario, y no pecan cuando reciben el estipendio y todo lo necesario para sí y para su familia. Pues el Apóstol muestra que la Iglesia lo da con derecho y los ministros lo reciben, en 1 Corintios 9, en 1 Timoteo 5 y también en otros lugares. Y han sido refutados por la doctrina apostólica también los anabaptistas, que condenan a los ministros que viven de su ministerio y los desgarran con injurias.

Enrique Bullinger, 1566 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto latino de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.